Caso Angeles: cómo esclarecer un asesinato sin una sola pista firme

La cobertura televisiva sobre el asesinato de la adolescente Ángeles Rawson tuvo el dudoso mérito de convertir una noticia policial en un entretenimiento, con cada paso de la pesquisa transmitido en tiempo real. Uno de los momentos más intensos del espectáculo ocurrió entre la noche del viernes 14 de junio y la madrugada del día siguiente. La romería periodística se había acantonado en la calle Tucumán al 900, frente a la fiscalía a cargo de la doctora Paula Asaro.

En ese lugar transcurría una maratónica sesión de declaraciones testimoniales; sus protagonistas: los familiares de la víctima, con la excepción del ya famoso padrastro, Sergio Opatowski. Pero en los primeros instantes del sábado, este fue ingresado en vilo al edificio por una turba policial. Tal escena produjo en millones de televidentes la sensación de que el enigma del caso estaba a punto de esclarecerse. Minutos después, los zócalos de todos los canales de noticias expresarían en cadena: “El padrastro está detenido”. Claro que dichas palabras tuvieron que ser remplazadas por otras, cuando los parientes abandonaron la sede judicial, encabezados precisamente por Opatowski. Ya en la madrugada, el portero Jorge Mangeri –quien salió por esa misma puerta con las muñecas amarrocadas– se transformó en el centro de la historia. A más de una semana de aquellas circunstancias, su detención está atada con hilo de coser, mientras la fiscal aún no pudo determinar el sitio del ataque ni su móvil y menos aún el modo en que el cuerpo de la víctima llegó al basural de la CEAMSE, en José León Suárez.  Ya se sabe que, en estos casos, el tiempo que pasa es la verdad que huye.
 
Por quién doblan las alarmas. A sólo horas de haberse hallado el cadáver de Ángeles, un opinador televisivo –psiquiatra, de profesión– dijo, con absoluta naturalidad, ante las cámaras de C5N: “La gente de la CEAMSE, por las características del trabajo que realizan, son muy proclives a cometer este tipo de crímenes.”

En ese momento, puesto que el informe preliminar de la autopsia no había detectado las lesiones de una violación, la criminología mediática especulaba con que el crimen haya podido tener otro motivo que el de un ataque sexual. De modo que se estaba ante un hecho de inseguridad. 

Esa hipótesis entusiasmó a una parte del espíritu público. En tal sentido, con carteles y consignas alusivas, algunos vecinos de Colegiales se concentraron ante la casa de la víctima, mientras los reclamos de mano dura explotaban en las redes sociales, con propuestas como: “Hay que colgar a los chorros a los postes de luz y la televisión debe mostrar cómo se desangran” o “Control de la natalidad, ya”. Hasta la diputada Patricia Bullrich, con su tino habitual, acuñó por Twitter su parecer al respecto: “Es hora de construir en serio una respuesta a la inseguridad.” En resumidas cuentas, a pesar de que la dialéctica del caso apuntaba hacia un matador solitario –o sea, un ciudadano común sin vínculos con el delito organizado– el sentir de la “parte sana” de la población insistía en recurrir a un enemigo externo –y los hacedores de la inseguridad lo son–, tal vez para así mitigar la perturbadora posibilidad de justamente un integrante de su comunidad sea el autor de un crimen tan atroz.

Por esas horas, Opatowski debutaría como “vocero” de la familia abonando esa misma hipótesis: “Fue al voleo. Le hubiera podido pasar a cualquiera.”

Lejos estaba de imaginar que la patria movilera –en total coincidencia con la fiscal Asaro– lo convertiría en su sospechoso favorito.

En ello incidió el único logro de la pesquisa: haber conseguido el registro de una cámara de seguridad ubicada a escasos metros del edificio de Ravignani 2360, en la que se la ve pasar a la víctima a las 9:55 del lunes –unos 15 minutos después de salir de clases– en dirección a su domicilio. Ello torcería la intuición de los investigadores hacia la hipótesis del círculo íntimo.

En tanto, Opatowski seguía dando rienda suelta a su verborragia. Al día siguiente, amenizó el segmento vespertino de los noticieros con una reflexión: “Si un violador tiene la capacidad de violar a una criatura, en este caso a una mujer, no digamos una criatura porque la ‘Mumi’ (Angeles) era una mujer, más allá de ser jovencita, era mujer. Yo, como hombre, buscaría una mujer más provocativa, qué se yo…”.

En ese mismo instante, un autotitulado “experto en gestualidad” analizaba para los televidentes del canal América a ese hombre de mirada saltona y cara devastada por las muecas.

Al parecer, la fiscal Asaro también vio ese programa. Lo cierto es que, además, la condición de “familia ensamblada” que Opatowski había formado con María Arduiz –la madre de Ángeles– estaba en la mira del espíritu público, ya que ella había sido la mejor amiga de Patricia, la fallecida primera esposa de Sergio. Por otra parte, su ocasional y única ocupación de “profesor de pesca con mosca” tampoco lo beneficiaba.
 
Tales detalles eran parte de los sólidos indicios que guardaba en la manga la fiscal para apuntar sobre el llamado círculo íntimo. Los restantes: una presunta llamada a un banco desde el celular de Ángeles, cuando esta ya estaba desaparecida. Y la creencia de que ella se había cambiado las zapatillas blancas por unas negras entre su imaginario regreso al hogar y la aparición del cuerpo en José León Suárez. Ambas cuestiones –como es público– luego fueron desestimadas por la realidad de los hechos. Sin embargo, aún gravitaban el 14 de junio, en ocasión de las testimoniales.

Portero de noche. La doctora Asaro encontró francas contradicciones entre la declaración de la señora Arduiz y Juan Cruz Rawson, hermano mayor de Ángeles. Tales divergencias ensombrecían la situación de Opatowski. Y el asunto se filtró a la prensa. “El padrastro está detenido”, se leería entonces en los zócalos de las pantallas. En realidad, el juez de la causa, Roberto Ponce, le respondió con una negativa el pedido de arresto del Ministerio Público.

No menos cierto es que la presunta autoincriminación del portero Mangeri fue un “milagro” en tiempos de descuento.
Ya se sabe que el tipo, en su declaración, se refirió a un presunto apriete. Asaro dispuso su revisación. Mangeri regresó al despacho de la fiscal con sus ya célebres palabras a boca de jarro: “Fui yo. Mi esposa no tuvo nada que ver.” Se ignora el contexto de la frase y hasta se duda de su existencia. La versión al respecto fue dada a conocer por la fiscal el 17 de junio a través de un comunicado. Allí sostuvo que “Mangeri habría causado la muerte de Ángeles Rawson horas después de haberla interceptado en el interior del hall del edificio.” ¿Dónde, entonces, la atacó? ¿Por qué razón lo hizo? ¿En qué sitio la mantuvo en ese lapso? ¿Y de qué modo llegó al contenedor de basura? En ese comunicado –un verdadero festín del verbo en tiempo potencial– no hay ni una sola precisión al respecto.

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